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Visto al pasar

Todo empezó cuando él finalmente se presentó, una hora más tarde de lo que habíamos quedado.

 

 A modo de saludo me dijo disculpáme, no vas a creerlo, pero me olvidé la billetera en casa. Yo pensé que lo hubiera creído sin problemas si se tratara por lo menos de una segunda cita, pero tratándose de la primera no podía creer en la mala suerte que me perseguía acosándome con un caradura detrás de otro.

 

No importa, dije. Prendí un pucho mientras él empezaba a contarme algo que le había pasado en el camino y yo sólo podía pensar en cómo iba a hacer para borrarme lo más pronto posible. Estábamos en la parada de algún colectivo que iba a Morón y hacía mucho frio, yo tenía puesta una bufanda que odiaba, él tenía algunos años menos que yo.

 

Recuerdo todo esto hoy sentada en el asiento de acompañante de un auto, espero a alguien y miro por la ventana. En la vereda de enfrente veo a alguien conocido, es un profesor de filosofía por el que hace unos años, durante mi etapa de adoro los tipos más grandes, hubiera dado lo que no tengo. Está hablando con otro tipo, ambos en la puerta de un edificio, desde donde estoy podría verme si se diera vuelta, sonrío y sigo mirándolos por el espejo retrovisor mientras sigo acordándome.

 

Me acuerdo de que la cita continuó de la manera más desastrosa posible: el pibe seguía consumiendo una birra atrás de la otra y hablándome de su colección de maquetas antiguas en ese bulín con olor a viejos al que había sugerido que fuéramos. Fue cuando me llegó el sms de una amiga que decía algo asi como “Che, dijeron en la radio que encontraron una prostituta tirada en una zanja, ¿Estás bien? llamáme” Ahí fue cuando decidí darle una oportunidad, después de todo a lo mejor no era tan malo, y algo me hacía sospechar que mi imagen ya rayaba en lo patético.

 

Cuando me preguntó si quería que nos viéramos otra vez, le dije que si, y fui. Fui todas las veces, una detrás de la otra. Fui con ésta inmensa cara de idiota que me ha tocado tener. Con ésta cara con la que fui testigo de cientos de estupideces que salieron de las fauces de ese individuo, mientras por otro lado moría por un sesentón que hablaba de Aristóteles algunas horas a la semana.

 

Lo abandoné finalmente una tarde lluviosa. Extrañamente quedó muy afectado, cosa que no me hubiera esperado jamás. Tomá, para que te compres caramelos, le dije mientras le alargaba cuatro pesos en monedas.

 

Ese tipo frente a esa puerta de mierda, edificio de mierda, qué mal le quedan los trajes, seguro que siempre le quedaron mal. Se da vuelta y me ve, hace un gesto como para saludarme, hice un gesto como para saludarlo, al viejo de mierda.

 

Pero en lugar de eso me pasé al asiento del conductor, saqué la cabeza por la ventanilla y grité “¡ Viejo reblandecido!”.

 

Después arranqué a toda velocidad.

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 A ustedes 

Una chica escribe su diario íntimo como si lo escribiera para “ustedes”. Por ejemplo: “Ustedes verán lo que me pasó hoy”, o “Como ustedes saben…” Su hermano lo vende a un teatro en donde un libretista escribe la obra “Ustedes sabrán” inspirada en el diario. No tiene éxito, la obra fracasa desde su estreno y el manuscrito es finalmente arrojado a la basura de donde lo rescata un recolector que reparte las hojas entre sus compañeros del camión de basura para hacer comentarios burlones, reírse y sumarlo a los diarios destinados al fuego de la parrilla. O sea, finalmente tiene éxito.

  Aparato 

Un abuelo de noventa años casi ciego pasa sus días escuchando la radio que sintoniza mal. Uno de sus nietos se compadece al ver esto y le compra un moderno aparato reproductor de cds. Lo coloca sobre la mesa en uno de los ratos en los que su abuelo se ausenta. Al descubrir el nuevo aparato, el viejo, convencido de que se trata de un extraterrestre que ha venido a llevarlo, sufre un ataque cardíaco y muere. En el velorio todos comen masas finas y toman café. El menos afligido es el nieto que hizo el regalo porque tiene la conciencia tranquila, después de todo en  la última revisación médica nadie le dijo que el viejo sufriera del corazón.

El nuevo aparato se vuelve anticuado al cabo de un año y es reemplazado por otro mucho mejor y más moderno al año siguiente.

  Collage

 El ejecutivo Pablo Ramírez tiene como hobby obsesivo hacer collages con papeles de colores y de revistas para relajarse luego de las 10 horas diarias que pasa en la oficina. Esconde sus collages de la vista de cualquiera de la familia archivándolos en una caja en el último estante del armario. Cierto día su hija de cuatro años le muestra un collage que ha hecho en el jardín, el cual la maestra ha calificado con “¡Muy bien!” Una carita sonriente y una estrellita. Inexplicablemente Ramírez rompe el collage preso de un ataque de llanto y se encierra durante una semana sin ver a nadie. Cuando sale pide el divorcio a su mujer a la que da la custodia completa de su hija, y desaparece para siempre. Veinte años más tarde Ramírez y su hija se vuelven a ver en un taller de arte contemporáneo y se hacen amigos. Ninguno de los dos sabrá jamás que en realidad son familia.

Unkago

Como todavía era temprano todavía para entrar a trabajar, Víctor decidió que lo mejor sería entrar en el bar de la esquina “Punto de encuentro” para tomarse una cindor y sobre todo usar el baño, que era lo que correspondía hacer a esa hora.

 Lo primero que vió al entrar fue, como pasa siempre en esos lugares, la presente ausencia del papel higiénico, pero esto no le importó porque venía ya munido de paquetes de carilinas. Hasta aquí todo muy bien.

 El problema se presentó cuando, tras repetidos esfuerzos, comprobó la imposibilidad de desalojar el incómodo contenido de sus intestinos. Agobiado dijo en voz alta “no hay caso, no se puede”. Para su sorpresa, una voz le contestó desde afuera “claro que NO se puede, ¿y sabe por qué?, no, no sabe, ¡Pero yo si se! Tras lo cual la persona que había dicho esto, quienquiera que fuese entró en el diminuto cubículo seguida por otro que llevaba planos e instrumentos. 

­ Es como yo te decía, Ramón, el diseño es pésimo, la gente no puede cagar sentada en éste inodoro mal construído.­

– Pero ingeniera, seguimos sus indicaciones al pie de la letra… 

Victor sentado en el inodoro con los pantalones y la ropa interior bajos, los miraba discutir perplejo. ­

– Disculpen, a lo mejor no se han dado cuenta, pero yo estoy ocupando el baño. ­

 Usted se calla­ dijo la mujer que había entrado primera. A ver si ahora usted me va a venir a enseñar diseño a mí que estudié en “jarvar” y en “sheil” años de mi vida, años perdidos, ¿ve? Para que después venga un mocoso sentado en un inodoro a darme clases…tome las medidas, Ramón, hágame el favor, antes de que a alguien más se le ocurra importunarme, vamos a hacer los cambios que hacen falta, yo soy una profesional seria. 

­ – Si, ingeniera 

Victor observó con incredulidad al señor vestido con mameluco gris agacharse y empezar a maniobrar por entre sus piernas con el centímetro y los compáses. ­ Haga el favor de levantar un poco los pies, gracias.

  Espantado ante lo tétrico de la situación decidió levantarse la ropa y salir de ahí cuanto antes. En eso estaba cuando una tercera persona hizo su aparición dentro del diminuto cubículo, era el espiritista que trabajaba de curandero en un local de arriba del bar.

-­ Vine a ayudarte- ­dijo, y sin ningún otro preámbulo puso una mano sobre la cabeza de Víctor y empezó a repetir unas fórmulas monocordes. Por increíble que pueda parecer, esto surtió efecto, un minuto después, comenzaba a evacuar no sin poca dificultad y totalmente asombrado por la situación, pero aliviado a fin de cuentas. 

 Cuando estaba en lo mejor, una cara conocida se asomó por la puerta, era Wendy, su ex novia ­ Acá estabas Victor, por fin te encuentro, dijo al tiempo que entraba en el cubículo. Ignorando completamente toda la actividad que estaba teniendo lugar dentro, se sentó en el bidet de al lado, se cruzó de piernas, encendió un cigarrillo y agarró la mano de Víctor. 

­ Estuve hablando con mucha gente acerca de vos y todos coinciden en lo mismo, tenés problemas Víctor, es obvio que no podés enfrentar una relación madura porque nunca resolviste el edipo que te provocó la castración que significaba el separarte de tu madre a los dos años por tanto tiempo, yo te hubiera ayudado pero estás desarrollando una personalidad neurótica, ¿Entendés Victor? Yo ya entendí todo, por eso quiero ayudarte, lo malo es que no cooperás, yo se que el dejarme a mi actuó como mecanismo de defensa inconsciente, pero eso es algo que tenés que trabajar, tenés que elaborar el duelo, ¿Entendés, Victor?

Una quinta persona se asomó por la puerta, era un tipo muy bien vestido que la señaló con el índice ­

– Psicóloga supongo

­ Bueno, no todavía, es mi segundo año en la carrera­

– Me presento, soy Sergio, de abogados sin fronteras, mucho gusto­ dijo alargando la mano para saludarla ­ -El gusto es mio- dijo con una sonrisa, saludá al señor, Víctor.

Víctor ensayó una mueca de total incredulidad  y estiró la mano a modo de saludo, Se escabulló en el momento que pudo pensando que nadie jamás le iba a creer eso. Consideró mejor no contarlo. Se lo contó a medias, sin embargo, a un amigo ya de vuelta en la oficina: ­

-¿Te parece que llegará el momento en que los actos más privados que uno pueda tener se conviertan en algo tan público que cualquiera pueda sentirse en el derecho de participar directa o indirectamente?

 ­Qué pregunta, ni idea. Pero por otra parte, ¿Alguna vez te pusiste a pensar que muchos de los actos que creemos privados o sectoriales en realidad pueden involucrar a muchísima gente que está completamente en contra de lo que queremos llevar a cabo?

 ­¿Un ejemplo?

 ­Woodstock, en realidad fue la manera que tuvo del sistema de absorber a los hippies de vuelta dentro de si mismo, ¿O quién te pensás que puso los millones de dólares que costó? ¿Ellos haciendo sahumerios? No, querido, pusieron la mosca y asi fue como tiraron de la cadena, y la ideología se fue por el caño nomás. ­

– La verdad que no lo había pensado, che. Qué cagada. 

En la esquina de ese barrio eran ya las nueve de la noche, el bar “Punto de encuentro” estaba completamente vacío. Dentro del cubículo sanitario, en el inodoro, se encontraba aún el producto de aquella mañana. Parece que nadie había tenido oportunidad de tirar de la cadena. 

Flotaba con parsimonia en el agua cristalina, tenía vetas verdes, como de espinaca.

24 de marzo

Usted preguntará por qué cantamos

http://lyricsplayground.com/alpha/songs/p/porquecantamos.shtml

Suena el teléfono

  

I

 Dario, Felipe y Xiomara han estado hablando durante una hora aproximadamente. Intentan resolver el triángulo amoroso en el que se ven envueltos. Como no lo consiguen mezclan un veneno matarratas en una jarra con fernet, coca, hielos, y brindan alegremente. Un cuarto de hora después yacen sin vida en el suelo del bar del que uno de ellos era propietario. Detrás de la barra suena el teléfono insistentemente en repeticiones de dos minutos cada una por espacio una hora aproximadamente. Pasada esa hora la persona del otro lado de la línea decide finalmente darse por vencida. 

II

 En un monoambiente sin gente hay toallas mojadas sobre la cama, platos sucios en la kitchenet y la televisión encendida en el canal de música. Hay también un estante colocado precariamente sobre una de las paredes. Sobre el estante hay dos libros de repostería, uno de tragos y coctails, y una biblia. En el ambiente flota un denso olor a patchoulí y perfume de marca. No hay nada que pueda parecer extraño en éste lugar, sin embargo la próxima persona que entre allí morirá inevitablemente. Se trata del departamento de Xiomara. Casi en el centro de la escena sobre una mesita pintada de rojo suena el teléfono con feroz insistencia. 

III

 A las 10 de la mañana de ese domingo Adriel vuelve de misa caminando por la calle principal. Al llegar a su departamento, sale a su patio, pulmón de manzana del edificio, y descubre el cadáver sin cabeza de Ramón Domínguez Piano, empleado de 47 años que ha decidido suicidarse ese mismo día rebanándose la cabeza con una guillotina casera que él mismo ha improvisado. Un desconocido empujó el cadáver sin cabeza de una patada desde la terraza al pulmón de manzana por miedo a ser inculpado. Ante tal descubrimiento, un horrorizado Adriel corre al departamento de su amigo vecino en busca de apoyo. En el interior del departamento no hay nadie. Adriel golpea hasta que se cansa. Es el interior del departamento de Darío. Adentro el teléfono suena monótono y lúgubre hasta prolongarse y ampliarse en el eco provocado por el vacío. 

IV

 La música estridente del despertador ubicado en la mesita de luz sorprende a la madre de Felipe que se encontraba en ese momento planchando unas camisas. Extrañada mira la hora en su reloj pulsera y se pregunta el por qué de la alarma colocada a tan extraño horario. Parsimoniosamente se ubica frente al televisor para ver la novela de las cuatro de la tarde en donde el protagonista mata a la chica linda tras descubrirla en el establo con otro. La madre de Felipe disfruta la novela, pero dentro de una hora sabrá que su esposo ha muerto en un accidente en el sur. Exactamente una hora y media después del comienzo de la novela el teléfono sonará fatigosa e inútilmente en la casa vacía junto a una pila de camisas planchadas. 

V

 Ahora es cualquier hora del lunes, ya lunes, pensás. Estás en tu casa, todo está tranquilo, todo normal, leyendo un blog cualquiera de alguien al azar. Leés una historia rara, te preguntás a dónde quiere llegar quien sea que la haya escrito con todo esto. Observás distraído una abeja muerta sobre tu escritorio al lado de la compu, cerca del cadáver de un cigarrillo. Por alguna razón esto te hace respirar aliviado. Si alguien te busca en tu casa en éste momento vas a estar disponible, ya sea en el messenger, ya sea el timbre, ya sea el teléfono, si, el teléfono. Suena el teléfono. Las coordenadas son perfectas: quien te busca te está buscando en el lugar indicado, vos estás ahí, el teléfono también, y además sonando porque te buscan, te llaman porque te buscan, y vos estás ahí también al igual que el teléfono: te encontraron. Te encontraron y vas a atender. ¿Vas a atender?

Hoy: Italo Calvino, transcripción textual del comienzo de su novela “Si una noche de invierno un viajero”

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: “¡No, no quiero ver la televisión!”. Alza la voz, si no te oyen: “¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten! ” Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: “¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!”. O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.”

 

Como siempre

Vino a verme porque en ese tiempo yo me dedicaba a la parapsicología y tenía la mejor conexión con ánimas en varios planos de la que se tenga memoria. 

Había empezado con el tarot. La fama se había extendido primero por toda la ciudad y pronto continuó hacia ciudades aledañas. Después seguí especializándome en parapsicología y me fue tan bien que me llamaban para limpiar casas. Se entiende que no iba, claro, con escoba y detergente, sino que llevaba mis artículos especiales y un poco de información del lugar al que asistía. Así fue como dejé habitables varias casas en las que se habían instalado los espíritus de una pareja de rusos muertos por un escape de gas mientras dormían, algunos bebés víctimas de muerte súbita, y tres turistas japoneses ahorcados con el colgador de sus propias cámaras de fotos, para dar algunos ejemplos.

Lo que yo hacía no era demasiado, como sus muertes habían sido injustas, simplemente los acompañaba un rato, unas horas tal vez, y con paciencia los convencía de lo obvio: cualquier lugar es mejor lugar para estar que éste. Aunque debo confesar que ni yo misma supe nunca del todo a qué lugar me refería, por lo general me daba resultado.

 Vino a verme, decía, porque ya no sabía qué hacer, y fundamentalmente porque yo era su única esperanza. Era una chica más o menos de mi edad. Un muerto como antecedente, era su novio con el que compartían la casa. Muerto en un accidente de auto. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando me di cuenta de quién se trataba. Mis sospechas se confirmaron tras llegar a la casa y ver una foto. Se trataba de Gabriel. Gabriel y yo habíamos salido alrededor de un año, antes de que todo se fuera al carajo, antes de que él se mudara a otra ciudad, antes de que empezara a salir con ésta otra chica que hoy yo tenía delante de mí, antes de que sus sesos volaran por entre los vidrios rotos de su auto una madrugada…

Me pregunté si la chica sabría o no quién era yo y si, de saberlo, me dejaría sola en la casa. Con Gabriel. Con lo que quedaba de Gabriel. Pero ella no parecía estar muy al tanto y se fue tranquila, iba a dormir en lo de una amiga, me saludó agitando las llaves en el aire que sonaron con un raro eco.

Me acomodé en el piso del living y empecé a prender mis velas, cuando noté que los muebles del lugar se sacudían despacio primero, y violentamente después. Me vinieron a la cabeza fragmentos de aquella última discusión:

– ­ ﴾…﴿ es que hay que tener una gran dosis de hijaputés para tratar con vos.

– No me jodás, yo no quise nada de esto, vos solito te enredás. 

Como si hubiera escuchado mis recuerdos, la cortina empezó a enredarse en un espiral ridículo. Empezó a llover muy fuerte, lo que me dificultaba la tarea porque tenía que cerrar las ventanas. La situación era cada vez más violenta. Sacudidas interminables de piso y muebles, cosas y más cosas que caían de los estantes y armarios. 

-­ Gabriel… 

Pero era inútil, no me iba a resultar nada fácil sacarlo de ahí ni que se calmara siquiera. Me metí debajo de la mesa a esperar que terminaran de llover cosas, y nada, aquello parecía no tener fin. Me quedé dormida escuchando los golpes en la madera y soñé toda la noche lo mismo: yo iba en ese auto, lograba evitar el choque. Nos separábamos de todas maneras pero él estaba bien. El sueño terminaba y volvía a empezar una y otra vez, mi maniobra era siempre perfecta y nos dejaba a salvo.

 Cuando me desperté era de día y el sol entraba por las ventanas. No me extrañó nada que estuvieran abiertas de par en par. Me estiré y refregué los ojos, sentí unos golpecitos en el azulejo de la cocina, como de tazas, y una leve caricia en el pelo. 

Me levanté con una sonrisa para poner agua a hervir, por fin empezábamos a entendernos.

– ¿Dos de azúcar como siempre?  

­