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Archive for the ‘Rolates’ Category

Como siempre

Vino a verme porque en ese tiempo yo me dedicaba a la parapsicología y tenía la mejor conexión con ánimas en varios planos de la que se tenga memoria. 

Había empezado con el tarot. La fama se había extendido primero por toda la ciudad y pronto continuó hacia ciudades aledañas. Después seguí especializándome en parapsicología y me fue tan bien que me llamaban para limpiar casas. Se entiende que no iba, claro, con escoba y detergente, sino que llevaba mis artículos especiales y un poco de información del lugar al que asistía. Así fue como dejé habitables varias casas en las que se habían instalado los espíritus de una pareja de rusos muertos por un escape de gas mientras dormían, algunos bebés víctimas de muerte súbita, y tres turistas japoneses ahorcados con el colgador de sus propias cámaras de fotos, para dar algunos ejemplos.

Lo que yo hacía no era demasiado, como sus muertes habían sido injustas, simplemente los acompañaba un rato, unas horas tal vez, y con paciencia los convencía de lo obvio: cualquier lugar es mejor lugar para estar que éste. Aunque debo confesar que ni yo misma supe nunca del todo a qué lugar me refería, por lo general me daba resultado.

 Vino a verme, decía, porque ya no sabía qué hacer, y fundamentalmente porque yo era su única esperanza. Era una chica más o menos de mi edad. Un muerto como antecedente, era su novio con el que compartían la casa. Muerto en un accidente de auto. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando me di cuenta de quién se trataba. Mis sospechas se confirmaron tras llegar a la casa y ver una foto. Se trataba de Gabriel. Gabriel y yo habíamos salido alrededor de un año, antes de que todo se fuera al carajo, antes de que él se mudara a otra ciudad, antes de que empezara a salir con ésta otra chica que hoy yo tenía delante de mí, antes de que sus sesos volaran por entre los vidrios rotos de su auto una madrugada…

Me pregunté si la chica sabría o no quién era yo y si, de saberlo, me dejaría sola en la casa. Con Gabriel. Con lo que quedaba de Gabriel. Pero ella no parecía estar muy al tanto y se fue tranquila, iba a dormir en lo de una amiga, me saludó agitando las llaves en el aire que sonaron con un raro eco.

Me acomodé en el piso del living y empecé a prender mis velas, cuando noté que los muebles del lugar se sacudían despacio primero, y violentamente después. Me vinieron a la cabeza fragmentos de aquella última discusión:

– ­ ﴾…﴿ es que hay que tener una gran dosis de hijaputés para tratar con vos.

– No me jodás, yo no quise nada de esto, vos solito te enredás. 

Como si hubiera escuchado mis recuerdos, la cortina empezó a enredarse en un espiral ridículo. Empezó a llover muy fuerte, lo que me dificultaba la tarea porque tenía que cerrar las ventanas. La situación era cada vez más violenta. Sacudidas interminables de piso y muebles, cosas y más cosas que caían de los estantes y armarios. 

-­ Gabriel… 

Pero era inútil, no me iba a resultar nada fácil sacarlo de ahí ni que se calmara siquiera. Me metí debajo de la mesa a esperar que terminaran de llover cosas, y nada, aquello parecía no tener fin. Me quedé dormida escuchando los golpes en la madera y soñé toda la noche lo mismo: yo iba en ese auto, lograba evitar el choque. Nos separábamos de todas maneras pero él estaba bien. El sueño terminaba y volvía a empezar una y otra vez, mi maniobra era siempre perfecta y nos dejaba a salvo.

 Cuando me desperté era de día y el sol entraba por las ventanas. No me extrañó nada que estuvieran abiertas de par en par. Me estiré y refregué los ojos, sentí unos golpecitos en el azulejo de la cocina, como de tazas, y una leve caricia en el pelo. 

Me levanté con una sonrisa para poner agua a hervir, por fin empezábamos a entendernos.

– ¿Dos de azúcar como siempre?  

­

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Mi lucha

Tengo una pesadilla recurrente. Estoy en la mitad de mi mesa de exámen final de Literatura italiana, cuando aparece Ratzinger y me acusa a los gritos de hereje por estar hablando del Limbo. Dice que él ya lo abolió el año pasado.

Yo le contesto que de todas maneras estoy hablando del limbo dantesco que ya existía mucho antes que él, y en todo caso no me enteré de que habían abolido el verdadero porque el año pasado yo estaba en Suecia. Pero no hay caso, no entiende el concepto de un limbo literario. me dice que Suecia también es parte del mundo, a lo que yo le contesto que tengo muchas pruebas de que no lo es.

Cuando le digo que entonces, ya que el limbo no existe, me devuelva los treinta mangos que me costó el libro, nos vamos a los puños. Terminamos tirándonos del pelo cual colegialas, y pegándonos cachetazos con violencia, porque yo sostengo que de ninguna manera voy a hacerle caso alguno a un tipo que vaya por ahi usando polleras largas. Es poco serio y de decidido mal gusto si uno no es escocés. Le digo además, que yo quería que quedara el Papa negro, como el santo del video clip de Madonna.

En mi pesadilla siempre me doy cuenta de que estoy descalza y lo acuso de tener Mein Kampf de libro de cabecera. El profesor que me estaba tomando el examen siempre saca un radiograbador de los antiguos y la música de fondo es siempre “Like a prayer”.

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Milan Kundera, el autor de La insoportable levedad del ser, dijo una vez que la vida, nuestra verdadera vida, está en otra parte.

De ser esto verdad, me pregunto cuántas de las que yo misma he sido en momentos del pasado, le habrán tal vez dificultado la vida a otras personas por el simple e insignificante hecho de no haber aparecido nunca. Diez, quince, veinte vidas, todas nuevitas, pendientes en un punto en el que debería haber aparecido en escena, y a las que falté cual actriz despistada. Siempre desde la arista de posibilidad en la que estaba en ese momento sin espiar siquiera las demás.

Quizá deberíamos diculparnos con las miradas que nunca nos vieron aparecer, las charlas en las que no fuimos interlocutores, y los sitios vacíos que nos esperaban en algunas mesas. Todo parte del pasado, de todos modos.

Si uno aspira a ser feliz, conviene que se pase buen tiempo buscando a esta verdadera vida, que está casi siempre, como estaba la mia por ejemplo, en otra parte. Pero cuidado. Cuando nuestra vida nos encuentra, y lo sabemos, la genial frase de Kundera puede llegar a convertirse en la más estúpida de las excusas.

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1﴿ En dos lugares al mismo tiempo   payaso.jpg 

Algunos de los momentos más importantes de mi vida, tuvieron lugar en mi ausencia.

 No estuve ahí cuando gané el primer premio de poesía en mi escuela secundaria, ni estuve ahí cuando tuvo lugar la fiesta de fin de cursada de la carrera. No por despótica sino por imposibilidad. Tal vez un compromiso de trabajo, tal vez alguno de amistad.

 Hoy en día cuando pienso en ese tipo de momentos, imagino las caras de la gente mirándose entre si, el silencio como respuesta a mi nombre dicho en voz alta, cuellos que se estiran y ojos que repasan el lugar, tal vez esperando mi aparición súbita, esa que nunca llegó.

 Resulta curioso pensar que existieron estos mínimos momentos en los que, mientras mi ausencia me hacía estar más presente que los presentes, mi vida estaba teniendo lugar en otro lado.

 2﴿ Primeros amores

 Y después de todo el tiempo que pasó, la única duda que me asalta a veces, es si recordarás la promesa que hicimos de encontrarnos diez años después a charlar para ver cómo van nuestras vidas.

No precisamente porque me resulte indispensable verte, sino porque aposté conmigo misma una gran cantidad de autodisculpas, a que ni bien nos encontráramos nos íbamos a reír a carcajadas primero, y hasta las lágrimas después, de que yo solía leer a Coelho y vos a Bucay.

Y de cómo será de paradójica la vida, che, que, de suceder hoy en día, lo que hace diez años nos unió, nos hubiera separado irremediablemente.

 3﴿ El piropo más lindo del mundo

 Les sonaré presumida, pero a mi me dijeron el piropo más lindo del mundo.

 El hecho de  que los autores del mismo hayan sido dos señores de avanzados setenta o tal vez ochenta años, no le quita importancia al asunto, no señor.

 Corrían tiempos difíciles en mi vida, el irme, el quedarme, el acá, el allá y el si no vuelvo me acosaban. Tenía miedo de estar equivocándome, de perder mi lugar, alejarme de mi gente, y por sobre todas las cosas, mi identidad.

Hasta que pasé por esa esquina y me quedó todo clarísimo.

 ­ – Ahí la tiene, Don – dijo uno señalando con la cabeza mientras se daban vuelta para verme pasar ­ -Una auténtica morocha argentina.

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Claro

300px-magrittepipe.jpg Pocas veces insultamos tanto nuestra propia inteligencia como cuando nos embarcamos, sin pensarlo dos veces, en la discusión de lo obvio.

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La ciudad y los perros

El día en el que conocí a Mario Vargas Llosa no era un 2 de abril como hoy, pero seguro que también había cosas dolorosas para recordar y razones para estar de luto. Siempre las hay.

El día en el que conocí a Mario Vargas Llosa no me tomé un colectivo que fuera a Chacarita cucharita cucaracha.

No comí ravioles con manteca ni crucé un charco de barro de un salto.

No jugué con un burbujero ni salté a la soga.

No conté las hojas de una parra, no vendí poesías en un subte.

No regalé ningún sueño, no dije hasta mañana con un beso, ni escribí en mi blog porque todavía no lo tenía, no señor, y podía vivir igual.

No pensé en la monografía de Teoría literaria que comenzaba a ser una realidad para la cual tenía que devorarme todavía los escritos de veinte mil señores muy respetables todos, que han decidido blablablear sobre el discurso y las diferentes maneras en las que ordenamos y ordeñamos las letras que a diario usamos.

No.

No había elegido “La fiesta del chivo” para mi trabajo, ni había conocido a Urania, ni me había medio acobardado al ver el volúmen bíblico del libro.

No había dado ninguna clase de castellano rioplatense en una escuela secundaria en Suecia como ahora si ya hice. No había llevado “El fantasma” de Arbol para analizar términos ni había escuchado éste tema con acento escandinavo adolescente.

No.

No había leído al genial Bayly, ni a su coterráneo super genial Vallejo, y tampóco me había dado cuenta de cuánto puedo llegar a aburrir a la gente en éste blog que apesta a libro.

El día en el que conocí a Mario Vargas Llosa le escudriñé los ojos, le sopesé el tono de voz, decidí que frente a frente no me parecía un mal tipo. Le conté que mi papá y él fueron a la misma escuela.

Un gran saludo de mi parte al leonciopradino, pues

-dijo-

Y nada más

pasó

el día en que lo conocí.

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The scarlet letter

Adquirir un libro caro y sentirse importante han sido y serán siempre un todo indisoluble para mucha gente.

No sin embargo, para mi, que en realidad quisiera volver a los tiempos en los que leía Le petit prince con la nariz adentro de la taza y bigotes de leche (y qué congo tiene que ver esto me dirás)

O por ahí también al tiempo en el que encontraba cuentos de Raymond Carver a 15 guitas y me parecía una ofensa al bolsillo. Básicamente porque también fueron los tiempos en los que conseguí ese de Paul Auster que los tránfugas de siempre me querían cobrar 60, a 10 en Parque Rivadavia y me escabullí dentro de la feria del libro para meterme en la fila llena de señores entalcados que pagaban 20 veces el precio así Auster se los firmaba en vivo y en directo, aún cuando era seriamente dudoso el hecho de que lo fueran a leer. Cuestión que Auster me firmó con su habitual cara de enema y hasta me contestó alguna que otra pregunta. Nada mal, el tipo es un amargo de la vida, y que ni se crea que escribe tan bien (blé). Después una rata miserable se quedó con mi ejemplar firmado, pero hacía ya un buen tiempo desde que me había dado cuenta de que no era nada importante. Y a las cosas intrascendentes, qué mejor que dejarlas decantar.

Yo creo ser más bien una chica “edición pocket”, entonces te bato algún nombre de esos chic y la gente llega a mi blog haciendo búsquedas que quedan super culturales, y es como decir “oh, llegaste acá buscando a Dostoievsky, nada mal, eh”. Pero todos sabemos que a la fecha, no hice ni un mísero resúmen acerca de uno de sus párrafos y que acá la caretéo y la guasonéo con cosas que a nadie le importan.

La feria del libro, supongo, va a ser en abril, y yo tan lejos de un lugar en el que tenía asistencia perfecta. Tan lejos del ahora voy, me meto ahí y compro libros para premiar mi inconstancia, para rellenar el vacío en el que vivimos, algunos usan chocolate o cigarrillos, u otras cosas, que querés. (Aunque en el fondo creo que de todas las opciones la mía era la menos sana y la que más a rabiar te quema el bocho, pero bueh.)

Y ahí va mucha gente por pasillos y stands, con las neuronas rebotando de alegría contra las paredes de sus cráneos tras pagar demasiado por “Sócrates en 20 minutos” o “No seré divorciada pero mi marido me deja tener perro”. Las letras importadas tambien eh, te coquetéan y te hacen sentir un poco importante, pero te exprimen como una naranjita y de lástima te dejan el hollejo. Obvio, todo depende de donde se busque cada cosa, pero hay algo seguro: las ediciones pocket nunca defraudan. Acordáte sinó de aquella de “Boquitas…”.

Porque si encima de pocket y bueno, es saldo, podés cantar bingo y full house todo junto.

Eso fue algo que supe desde que las tazas dejaron de marcarme, y en cambio yo empecé a dejarles marcas de rouge a las tazas

y desde que Mary, Peggy, Betty y Julie fueron las rubias de Niuyork que en vez de salir con un tango me guiñaron un ojo.

Ahora si.

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