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Archive for June, 2008

Misionero

 

­ – ¿Qué me das si te digo que hoy es un buen día para hacer experimentos  swingers?

 

­ – Un beso, y te digo que estás loca.

 

 Besé a la que era mi esposa hacía más de cinco años. No era una persona fácil de conformar con todas sus ideas raras de porteña histérica. Hacía tiempo vivía en la gran ciudad y me había habituado a sus ritmos (los de ambas). Ese día, sin embargo, se había debatido toda la tarde entre posibilidades de juegos y telos, me inquietaba un poco su insistencia. Si no era swingers, otra cosa, pero buscaba algo si o si. Algo.

 

 

Insistió tanto que me encontré llevado casi a la rastra a eso de las doce de la noche, tras cenar fideos con crema y lavar los platos, hasta una “casa de citas” de esas que ofrecen al público gente de primer nivel para que juegue con ellos a que es mentira que se aburrieron de su pareja. Sobre la mesa en casa quedaron los pocillos con café frio y las cuentas a pagar. Miramos el catálogo un rato largo, me llamó la atención lo roído que estaba en los bordes, bah, lo descuidado del lugar en general me llamaba la atención. Mencioné como al pasar que el lugar no parecía ser de demasiada calidad, a lo que me respondió que era lo que había más cerca y a fin de cuentas todavía debíamos las expensas del mes. Finalmente se decidió por una chica para hacer un trío. A mi no me entusiasmaba demasiado la idea de un segundo tipo. Patricia sólo quería innovar.

 

 

­ – Vos ponéte ahí, querido, me parece que quiero mirar un rato ­ me dijo con cara de pícara guiñándome un ojo mientras se sentaba en una esquina.

 

Si bien la situación me era bastante incómoda, la habitación desconocida y en penumbras, iluminada con velas apenas, tenía un aire por demás de sensual. Entró la chica. Era difícil verle la cara en la oscuridad. Conforme fuéramos habituándonos a ella seguramente se podría mejor. Notó mis nervios y a mi esposa con cara de loba en un rincón de la habitación. Se desvistió, sacó un frasquito y empezó a hacerme masajes con aceite aromático. La música de fondo era funcional como una respiración lenta; tenía un cuerpo elástico y gracioso, como el de un yaguareté o una víbora sedosa de esas que te acechan con una caricia sedosa que se desliza, te gusta que se suba por tu pierna, te gusta aunque sepas que en algún momento te va a picar. La piel tersa, los senos respingones, los glúteos firmes en guardia, lo que yo quiero es que la gente me aplauda, aparecer en la tele, y había algo que me era insoportablemente familiar. Tras media hora de masajes la atmósfera del lugar se había puesto densa como la de un día de enero al sol, me costaba respirar, le puse una mano sobre un glúteo; me hizo notar lo duro que estaba. Juguetona intentaba evitarme con una sonrisa mientras sentía que no podía más. Justo antes de empezar a penetrarla vi de reojo a mi esposa observando la escena atentamente y dibujando círculos sobre su propia piel.

 

Estaba muy húmeda, me hacía perder la noción del tiempo ­– Conviene humedecer la yerba antes de poner la bombilla para hacer mejores mates ­ -decían los lugareños­-, entraba y salía una y otra vez como poseído por un placer tierno y desgarrador, mates en porongo, casi un litro de agua, y que le avisen al chico que tenga cuidado cuando pasa que se va a caer el toldo de la puerta. Me agarraba los glúteos con furia para que entrara más, hacía fuerza por abrir los ojos y ver esa cara, cara de gurisa de ojos traviesos que reconocería más tarde, un segundo antes de estallar, pero nos gusta tirar piedras al río y ver como explota la superficie del agua, ella me reconoció también, no lo puedo creer, no lo puedo creer, nunca vamos a decir nada porque sino no nos dejan ir a jugar al monte y nos quedamos sin sol todo el día, y dale así así, metéla bien fuerte porque acá los mosquitos tienen unos tamaños descomunales, te inyectan un aguijón enorme, te pinchan hasta que te hacen sangrar, te llevan con un vaivén imposible de resistir, de vuelta a jugar con el barro, con las hojas verdes, con los ojos verdes, las ronchas, la sangre. No lo puedo creer pero es, tiene que ser.

 

­ – Y yo voy a ser famosa seguro, Nahuel, actriz o modelo, ¿No ves tengo los ojos verdes? La gente me dice que soy muy linda.

­ – Famosa podrías ser si los tuvieras celestes. Si son celestes seguro que se llega alto porque son un símbolo de que se viene de ahí arriba, entonces seguro que se vuelve. Vos, tonta, te vas a quedar a la mitad o en el pantanito nomás, que es verdoso amarronado. Mientras me muero de ganas de volver el tiempo atrás, el tiempo sigue pasando lo más rápido que puede.

 

Y ella se enojaba pero poco, yo le hacía cosquillas hasta que se le pasaba y me decía que lo mismo iba a ser famosa porque se iba a ir a la capital. Después jugábamos a la escondida toda la tarde. Ahora me ves y ahora no. Pensar que un día no te vi más. Hasta ahora que me gemís al oído. Y siento las tetas de mi esposa en la espalda mientras acabo asi en sándwich entre las dos. Pero se que si nosotros dos cerramos los ojos, es para abrirlos con veinte años menos y en otro lugar, en ese otro lugar mientras los jadeos se van apagando de a poco. En ese lugar en el que el futuro podía ser cualquier cosa menos una porquería, cualquier cosa menos éste comercio de saliva y sudor, cualquier cosa menos cuatro paredes tristes. En ese lugar. Ahí, tirados boca arriba sobre un suelo de tierra húmeda y rojiza, mano en mano y en silencio, con los ojos bien abiertos de cara al cielo despejado, celeste, furioso y misionero. Al sol, bien al sol, porque asi como ahora, detrás del flequillo revuelto como un telón desordenado, escondidos en la penumbra, parece que los ojos verdes no se le fueran a ver nunca más.

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