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Archive for February, 2008

Suena el teléfono

  

I

 Dario, Felipe y Xiomara han estado hablando durante una hora aproximadamente. Intentan resolver el triángulo amoroso en el que se ven envueltos. Como no lo consiguen mezclan un veneno matarratas en una jarra con fernet, coca, hielos, y brindan alegremente. Un cuarto de hora después yacen sin vida en el suelo del bar del que uno de ellos era propietario. Detrás de la barra suena el teléfono insistentemente en repeticiones de dos minutos cada una por espacio una hora aproximadamente. Pasada esa hora la persona del otro lado de la línea decide finalmente darse por vencida. 

II

 En un monoambiente sin gente hay toallas mojadas sobre la cama, platos sucios en la kitchenet y la televisión encendida en el canal de música. Hay también un estante colocado precariamente sobre una de las paredes. Sobre el estante hay dos libros de repostería, uno de tragos y coctails, y una biblia. En el ambiente flota un denso olor a patchoulí y perfume de marca. No hay nada que pueda parecer extraño en éste lugar, sin embargo la próxima persona que entre allí morirá inevitablemente. Se trata del departamento de Xiomara. Casi en el centro de la escena sobre una mesita pintada de rojo suena el teléfono con feroz insistencia. 

III

 A las 10 de la mañana de ese domingo Adriel vuelve de misa caminando por la calle principal. Al llegar a su departamento, sale a su patio, pulmón de manzana del edificio, y descubre el cadáver sin cabeza de Ramón Domínguez Piano, empleado de 47 años que ha decidido suicidarse ese mismo día rebanándose la cabeza con una guillotina casera que él mismo ha improvisado. Un desconocido empujó el cadáver sin cabeza de una patada desde la terraza al pulmón de manzana por miedo a ser inculpado. Ante tal descubrimiento, un horrorizado Adriel corre al departamento de su amigo vecino en busca de apoyo. En el interior del departamento no hay nadie. Adriel golpea hasta que se cansa. Es el interior del departamento de Darío. Adentro el teléfono suena monótono y lúgubre hasta prolongarse y ampliarse en el eco provocado por el vacío. 

IV

 La música estridente del despertador ubicado en la mesita de luz sorprende a la madre de Felipe que se encontraba en ese momento planchando unas camisas. Extrañada mira la hora en su reloj pulsera y se pregunta el por qué de la alarma colocada a tan extraño horario. Parsimoniosamente se ubica frente al televisor para ver la novela de las cuatro de la tarde en donde el protagonista mata a la chica linda tras descubrirla en el establo con otro. La madre de Felipe disfruta la novela, pero dentro de una hora sabrá que su esposo ha muerto en un accidente en el sur. Exactamente una hora y media después del comienzo de la novela el teléfono sonará fatigosa e inútilmente en la casa vacía junto a una pila de camisas planchadas. 

V

 Ahora es cualquier hora del lunes, ya lunes, pensás. Estás en tu casa, todo está tranquilo, todo normal, leyendo un blog cualquiera de alguien al azar. Leés una historia rara, te preguntás a dónde quiere llegar quien sea que la haya escrito con todo esto. Observás distraído una abeja muerta sobre tu escritorio al lado de la compu, cerca del cadáver de un cigarrillo. Por alguna razón esto te hace respirar aliviado. Si alguien te busca en tu casa en éste momento vas a estar disponible, ya sea en el messenger, ya sea el timbre, ya sea el teléfono, si, el teléfono. Suena el teléfono. Las coordenadas son perfectas: quien te busca te está buscando en el lugar indicado, vos estás ahí, el teléfono también, y además sonando porque te buscan, te llaman porque te buscan, y vos estás ahí también al igual que el teléfono: te encontraron. Te encontraron y vas a atender. ¿Vas a atender?

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Hoy: Italo Calvino, transcripción textual del comienzo de su novela “Si una noche de invierno un viajero”

“Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero. Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: “¡No, no quiero ver la televisión!”. Alza la voz, si no te oyen: “¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten! ” Quizá no te han oído, con todo ese estruendo; dilo más fuerte, grita: “¡Estoy empezando a leer la nueva novela de Italo Calvino!”. O no lo digas si no quieres; esperemos que te dejen en paz.”

 

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Como siempre

Vino a verme porque en ese tiempo yo me dedicaba a la parapsicología y tenía la mejor conexión con ánimas en varios planos de la que se tenga memoria. 

Había empezado con el tarot. La fama se había extendido primero por toda la ciudad y pronto continuó hacia ciudades aledañas. Después seguí especializándome en parapsicología y me fue tan bien que me llamaban para limpiar casas. Se entiende que no iba, claro, con escoba y detergente, sino que llevaba mis artículos especiales y un poco de información del lugar al que asistía. Así fue como dejé habitables varias casas en las que se habían instalado los espíritus de una pareja de rusos muertos por un escape de gas mientras dormían, algunos bebés víctimas de muerte súbita, y tres turistas japoneses ahorcados con el colgador de sus propias cámaras de fotos, para dar algunos ejemplos.

Lo que yo hacía no era demasiado, como sus muertes habían sido injustas, simplemente los acompañaba un rato, unas horas tal vez, y con paciencia los convencía de lo obvio: cualquier lugar es mejor lugar para estar que éste. Aunque debo confesar que ni yo misma supe nunca del todo a qué lugar me refería, por lo general me daba resultado.

 Vino a verme, decía, porque ya no sabía qué hacer, y fundamentalmente porque yo era su única esperanza. Era una chica más o menos de mi edad. Un muerto como antecedente, era su novio con el que compartían la casa. Muerto en un accidente de auto. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando me di cuenta de quién se trataba. Mis sospechas se confirmaron tras llegar a la casa y ver una foto. Se trataba de Gabriel. Gabriel y yo habíamos salido alrededor de un año, antes de que todo se fuera al carajo, antes de que él se mudara a otra ciudad, antes de que empezara a salir con ésta otra chica que hoy yo tenía delante de mí, antes de que sus sesos volaran por entre los vidrios rotos de su auto una madrugada…

Me pregunté si la chica sabría o no quién era yo y si, de saberlo, me dejaría sola en la casa. Con Gabriel. Con lo que quedaba de Gabriel. Pero ella no parecía estar muy al tanto y se fue tranquila, iba a dormir en lo de una amiga, me saludó agitando las llaves en el aire que sonaron con un raro eco.

Me acomodé en el piso del living y empecé a prender mis velas, cuando noté que los muebles del lugar se sacudían despacio primero, y violentamente después. Me vinieron a la cabeza fragmentos de aquella última discusión:

– ­ ﴾…﴿ es que hay que tener una gran dosis de hijaputés para tratar con vos.

– No me jodás, yo no quise nada de esto, vos solito te enredás. 

Como si hubiera escuchado mis recuerdos, la cortina empezó a enredarse en un espiral ridículo. Empezó a llover muy fuerte, lo que me dificultaba la tarea porque tenía que cerrar las ventanas. La situación era cada vez más violenta. Sacudidas interminables de piso y muebles, cosas y más cosas que caían de los estantes y armarios. 

-­ Gabriel… 

Pero era inútil, no me iba a resultar nada fácil sacarlo de ahí ni que se calmara siquiera. Me metí debajo de la mesa a esperar que terminaran de llover cosas, y nada, aquello parecía no tener fin. Me quedé dormida escuchando los golpes en la madera y soñé toda la noche lo mismo: yo iba en ese auto, lograba evitar el choque. Nos separábamos de todas maneras pero él estaba bien. El sueño terminaba y volvía a empezar una y otra vez, mi maniobra era siempre perfecta y nos dejaba a salvo.

 Cuando me desperté era de día y el sol entraba por las ventanas. No me extrañó nada que estuvieran abiertas de par en par. Me estiré y refregué los ojos, sentí unos golpecitos en el azulejo de la cocina, como de tazas, y una leve caricia en el pelo. 

Me levanté con una sonrisa para poner agua a hervir, por fin empezábamos a entendernos.

– ¿Dos de azúcar como siempre?  

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Un destornillador

Todos sabemos que tener trece años en este mundo no es cosa fácil. Pablo lo sabía, y sabía que desde que los había cumplido, la pasaba muy mal.

 En su casa trabajaba Sofía. Sofía era la niñera que cuidaba a sus hermanitas de uno y dos años cuando los padres de los tres no estaban. O sea siempre. A él no porque ya era grande.

A veces a la noche venía una amiga de Sofía y las dos se quedaban mirando la tele, fumando y charlando toda la noche. También tomaban vodka con fanta todo el tiempo. A Pablo le hubiera gustado estar ahí, pero el día que lo intentó se rieron de él. La amiga le preguntó si iba a la escuela, las dos se miraron dijeron algo en voz baja, y empezaron a reírse a carcajadas. Pablo no entendió, pero por las dudas decidió no aparecer más.

  A partir de ese momento se quedó en su cuarto todo el tiempo, todos los días, espiándolas desde su posición estratégica. Miraba principalmente a Sofía que usaba escotes y tenía unos lindos ojos verde manzana. Sofía le gustaba porque el primer día que empezó a trabajar en su casa no intentó, como habían hecho otras niñeras aburridas, congraciarse con él haciendo preguntas tontas; sólo le guiñó un ojo y sonrió. El se quedó con la boca abierta de la impresión. Sonreía Sofía, siempre sonreía. Ella no lo supo nunca, pero desde ese momento, todas las estrellas porno de la madrugada tuvieron su cara.

 Hay un momento también, a los trece años, en el que dejamos de ser nenes por alguna razón. En el caso de Pablo fue por mentir. Tenía mucha rabia y le mintió a alguien que llamaba por teléfono. Era un chico grande y la buscaba a Sofía. “Salió con sus novios” fue lo único que se le ocurrió decir. Hubo un silencio incómodo en la línea y se escuchó un “perra” por lo bajo antes del click definitivo que indicaba el corte de la comunicación. Sofía y su amiga no estaban, habían ido al supermercado y le habían dicho que no le abriera a extraños. Minutos antes Pablo había oído llorar a Sofía mientras su amiga la consolaba y le daba té de tilo y valeriana. Pablo se dió cuenta enseguida de lo que pasaba, era muy raro que Sofía llorara.

Ahora se arrepentía de lo que había hecho, tenía miedo de la reacción, miedo de posibles represalias. Fue al baño y se paró delante del espejo. Se peinó de mil maneras, se mojó el pelo, raya al costado, pelo mojado, todo para atrás. Los nervios le apretaban la garganta. De repente se oyó el tintinéo de la llave y segundos después apareció Sofía en la puerta del baño con una botella de fanta. No estaba enojada. Sonreía de nuevo, sonreía como siempre. No vale la pena -dijo- no me dejó ni contestar. Después y con la misma sonrisa invitó a  Pablo a tomar un destornillador -es vodka con fanta- aclaró, como si Pablo necesitara la aclaración. Nunca probé -dijo Pablo- ¿No me hará mal?

Sofía sonrió divertida, tenía los labios húmedos y los ojos brillantes. Mientras estiraba una mano adentro del baño para arrastrarlo hacia afuera, la blusa resbaló por su hombro dejando ver un bretel del corpiño.

– Al principio es raro, pero después te acostumbrás y te gusta cada vez más.

Pablo sonrió por primera vez desde que tenía trece años. Sofía era hermosa…

… y otra cosa que todos sabemos, es que tenía razón.

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El día en que Betina existió

La mañana del 25 de enero de un año bisiesto cualquiera, Betina, pelirroja, veintiseis años, uñas comidas pintadas de verde, se levantó sabiendo que ese día iba a presenciar algo fuera de lo común. Pasó sin embargo, toda la mañana trabajando, como cualquier otro día, en la perfumería de siempre, y atendiendo a las mismas señoras que le mostraban su cutis y le pedían que les recomendase algo.

– Cutis seco, falta de elasticidad, ésta es la crema para usted, señora.

Betina recordó que cuando comenzaba a trabajar ahi conservaba aún alguna expectativa, pensó que con el tiempo las cosas variarían y habría nuevos desafíos que afrontar.

Pero no.

Los cuatro años que pasaron en las mismas condiciones, le demostraron con creces que más probable que eso era cualquier cosa. Que alguien le regalara una casa por ejemplo, o que se volviera coreana de repente.

Sin embargo hoy estaba entusiasmada ante la perspectiva de lo increíble, de lo novedoso. Al salir del trabajo empezó a buscar “eso” por todos lados. Se paró en las esquinas a la espera de choques multitudinarios, fue a casi todos los lugares muy concurridos, a complejos artísticos y a la marcha de frutarianos por los derechos de las verduras crudas.

Pero el día pasó sin pena ni gloria. Se quedó leyendo unos catálogos de cosméticos en un lugar de comida rápida. Se encontró con un amigo que le contó que un gordo kilométrico había vomitado todo el local esa tarde dejando un fuerte olor a condimentos. El había tenido que limpiar todo y lo contaba con tanta rabia que las rayas blancas y rojas de su uniforme parecían un zigzag.

Volvió a su casa decepcionada y se acostó. Agarró algo para releer pero se arrepintió enseguida y lo dejó en el suelo al lado de la cama. Los días en los que no se vive nada interesante para contar son como los cuentos en los que al final nunca pasa nada -pensó –

Y con un suspiro apagó la luz para dejar que la oscuridad se la tragara.

  

 

    

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