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Archive for April, 2007

Decesos

                                                     ¿Para qué sirve un escritor sino para destruir la literatura?

                                                                                                                                         Julio Cortázar

Uno se acostumbra a cualquier cosa. 

Yo, por ejemplo, me estoy acostumbrando a que mis personajes se suiciden. 

No solo las tramas, porque al fin y al cabo esto es algo bastante normal en ellas. O bien el puño del escritor las aplasta ni bien presiente que estas molestan un poco, o se pierden en los caminos de un argumento mal logrado.

Me refiero, sin embargo, a otra clase de suicidio. A otra clase de muerte.

 Muchas veces lo hicieron mis obras en lo pragmático, apoyadas en el borde de la mesa, se precipitaban al suelo inexplicablemente y morían. Cuando las levantaba, lo único que quedaba por hacer era un minuto de silencio. Por supuesto yo les tomo el pulso con todo cariño, intento darles respiración puño a letra, pero no hay caso, se van, se van…

Pero lo más preocupante a pesar de ser lo más común siempre fueron los personajes, y cuando un personaje muere, amigos, créanme que no se recupera más, ni él ni la novela.

Primero fue X, el personaje de una novela que había empezado en un día lluvioso mientras pensaba que nada tenía verdaderamente sentido. La historia iba bien, la trama era convincente, en un momento me paré y fui a preparar café, cuando volví, X ya no estaba entre nosotros. Todo por descuidarlo un momento, por no prestar atención como debía.

 Resulta que X vivía en Constitución, en un departamentucho pobre que se caía a pedazos porque era okupa. Tenía problemas con su novia y no conseguía todo el grass que hubiera necesitado para ser feliz. Tenía esa magia propia de los caracteres con duende, era interesante y semiculto, era lindo, tenía todo para convertirse en un buen heredero de algún personaje de Arlt, pero no va que agarra y se me muere en la página sesenta y cinco. Así nomás, luego de una corta agonía por sobredosis y antes de poder estrenar su personalidad peculiar ante los ojos de alguien más.

 Supongo que esto se debió a que X no era más que un borrador de alguna mejor idea.Tras la muerte de X me preocupé por que la tinta no se detuviera y comencé a modelar en barro de letras el tótem de otro personaje que perfilaba interesante. Era Susy, rubia teñida, nerviosa y kitch, toda una Chica Almodóvar, pensé semi orgullosa. Le di vida, caminó con sus tacos altos y fumando por unas cuantas páginas. Me encariñé con ella, debo admitirlo, era tan complicada, tan nerviosa, tan llena de problemas. Resulta que era artista y pintaba día y noche cuadros horribles, un fracaso. Se psicoanalizaba más de lo que cualquier bolsillo podría soportar y el resto de su sueldo de secretaria lo gastaba en cigarrillos y pastillas para dormir, pero como era una versión argenta de un personaje almodovariano tomaba mate día y noche, no comía.

Una vez sucedió que se pasó de la dosis de somníferos, pero curiosamente esa no fue la vez que murió, miraba una película muy aburrida en la tele, ﴾cable no tenía porque se lo habían cortado﴿. Tomaba mate amargo. A eso de las seis recibió una llamada y se puso relativamente contenta, empezó a pintar otro abominable cuadro, al terminarlo lo rompió como hacía con todos y recibió otra llamada, esta vez, por su cara pude adivinar que no fue tan buena como la anterior, ahí fue cuando se bajó el frasco de Aboludol Marca Registrada y se acostó escuchando La vie en rose de Edith Piaf. La encontré desmayada en el sillón viejo y a tiempo para salvarla. Pero su amor de toda la vida la dejaba, se iba a vivir a Inglaterra y ella no estaba invitada. Decidí que aumentaría sus sesiones psicoanalíticas e incluso agregaría psiquiátricas porque ya era hora. Pero en el rato que la dejé se mató intentando abrir un frasco de mermelada que la vecina le había regalado cuando la visitó para preguntarle cómo estaba. Pobrecita, se cortó las venas, es que no estaba acostumbrada a la comida. Ni a abrir frascos con esas uñas. Mucho menos a las visitas. Qué se le va a hacer, ese fue el fin de Susy. La lloré un tiempo, es verdad, no pude creer que ya no existiera, no pude revivirla y para qué hacerlo si su amor se había ido. Era mejor así.

Los siguientes fueron los mellizos Renon, creo que no me caían nada bien, tenían la mala costumbre de creerse independientes de mi por el sólo hecho de ser dos. Creyeron que podían superar el poder del creador, pero en su rebeldía me daban risa, por inocentes.

mascaras_teatro.jpg

Resulta ser que habían compartido mucho tiempo en su corta vida, habían nacido teniendo veinte años y los problemas de esa edad, todo junto. La piedra de la discordia fue Nancy, una enfermera pobre y hermosa de dieciocho años que mantenía a su madre enferma y vivía en una casita humilde en las afueras de alguna ciudad, ﴾no tuve ganas de inventar de cuál﴿. A Nancy la conocieron un día en que los trasladaron al hospital por una espina de pescado atragantada, ﴾lo que le pasaba a uno le pasaba indefectiblemente al otro﴿, por supuesto los atendió Nancy y por supuesto se enamoraron perdidamente de ella. En el tiempo que duraron sus peleas, a mi se me murieron de tristeza tres novelas completas y debo aclarar que la culpa era pura y exclusivamente de ellos, no daban aire, no dejaban respirar a ninguna creación literaria, querían todo para ellos dos, eran insoportables, querían ser el centro del mundo. Nancy era muy bonita e inteligente, les dio esperanzas a ambos salpicándolos con su mirada violeta y enredándolos con su cabello castaño sedoso envuelto en la cofia blanca con cruz roja. Los mellizos me instaron entonces a que me decidiera, Nancy era algo que no podían compartir. Yo les dije que por qué, si ya estaban acostumbrados al fin de cuentas, pero no sirvió, amenazaron con matarla y eso si que era malo porque Nancy era una de mis mejores creaciones. –Si no es de uno sólo no es de ninguno- me aclaraban. Pero mi pluma era indecisa y yo sabía bien que Nancy no era tan vulnerable como Susy, sabía defenderse muy bien. Un día ocurrió lo inevitable. Los mellizos se mataron uno al otro obviamente y los encontré sin vida en medio de un sangriento charco de tinta, desastre total aquella visión, nunca me habían caído bien pero aquello era el colmo pobrecitos, mis bebes estaban totalmente muertos, y si, ahí comprendí que eran mis bebes después de todo.

Un renglón más abajo Nancy seguía lo más bien, viva y saludable. De esa novela no quedó ni su madre enferma, pero la pícara había sobrevivido contra todo pronóstico y me sonreía descaradamente. Cosas de la literatura, pensé, después de todo era bueno que ella siguiera allí, era también una buena creación. Creía yo.

Sandy apareció en silencio en una página inesperada y se quedó por un tiempo, nunca hizo demasiado ruido y no pensé que fuera a morirse, casi no se notaba que estaba viva, nadie la maltrataba, nadie la odiaba, nadie le hablaba, lo único que hacía era coser y bordar, ni se quejaba de su vida miserable y pensé que allí se iba a quedar para siempre tan sinsentido, sin entender nada. Pero el destino literario tenía otros planes para ella. El día en que no la encontré más pregunté por ella y otro personaje me contestó que ya no estaba. –Se evaporó-. Así como así en el aire, pero estoy segura de que ella lo decidió. A veces me pregunto si de verdad existió, si de verdad había yo creado otro personaje o era sólo producto de una excusa para no trabajar ¡Es que estaba tan cansada ese día!

El último de la seguidilla fue sin duda el más doloroso, y ahora veremos el por qué. Puse tanto empeño en crearlo, en armarlo, en conocerlo, en darle forma y vida que sin querer lo hice independiente. Ricardo era un seductor, tenía un impecable estilo humpreybogartiano y no había personaje femenino que se le resistiera. Era recio, inteligente y jugaba muy bien al ajedrez. Yo lo observaba cuidadosamente cada línea, cada hoja, cada día. Delineé sus facciones y dibuje sus colores en papel, pensaba en él día y noche, quería que fuera perfecto, y de veras que creo que lo conseguí. No era dueño de un café como Rick´s en Casablanca  pero pasaba sus tardes en una tanguería y bailaba muy bien, yo lo inventaba para observarlo, lo escribía para que existiera una línea más, lo quería siempre presente, se robaba las páginas, se comía la novela, de personaje secundario se había transformado en estrella.

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De pronto comprendí lo irremediable; me había enamorado de él. Esto era, sin duda, un inconveniente porque el no existía más que cuando yo quería. ¡Dios! Encontré al hombre perfecto, el que soñé toda mi vida, pero no existe… Curiosamente empecé a tener comportamientos de tonta embobada, me ponía colorada cuando él aparecía en algún capitulo, me ponía nerviosa al leerlo, admiraba todo lo que él decía y la manera en la que procedía. Hasta que decidí que todo el asunto era simplemente ridículo además de cuasi narcisista, cerré la novela y me fui a hacer otra cosa. Creo que pasé una semana lustrando una colección de elefantes de cerámica por las tardes para no escribir. La novela a medio terminar quedó olvidada en un cajón. Pero a Rick lo extrañaba, sinceramente.           

Tiempo después, meses digamos, encontré la novela y me sonreí recordando el estúpido suceso, decidí retomarla y enviarla a un concurso, podría poner a Nancy también, pensé mientras releía. Uno se acostumbra verdaderamente a cualquier cosa, pensé para mis adentros. Y esta era una reflexión que me acompañaba desde lejos y hacia tiempo. Para mi sorpresa Nancy ya estaba en esas páginas, me recibió llorando lágrimas de cocodrilo. Había estado saliendo con Rick por un tiempo hasta que el…

 ¡¿Que le pasó?! Dije angustiada  porque ya había notado su ausencia en esas páginas.

-Se mató.

Fue de una manera demasiado cruel según me enteré: se clavó una lapicera en el corazón. -Era un tipo complicado- me dijo Nancy con su mirada violeta más violeta y sarcástica que nunca -y además no tenía esperanzas, vos nos abandonaste de un día para el otro y el

– El, ¿qué?

– El estaba tan enamorado de vos…

Yo lloré, obviamente, mucho. No todos los días muere el único hombre al que se ha amado, pero como creo haber dicho antes, uno se acostumbra a cualquier cosa.

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Claro

300px-magrittepipe.jpg Pocas veces insultamos tanto nuestra propia inteligencia como cuando nos embarcamos, sin pensarlo dos veces, en la discusión de lo obvio.

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La ciudad y los perros

El día en el que conocí a Mario Vargas Llosa no era un 2 de abril como hoy, pero seguro que también había cosas dolorosas para recordar y razones para estar de luto. Siempre las hay.

El día en el que conocí a Mario Vargas Llosa no me tomé un colectivo que fuera a Chacarita cucharita cucaracha.

No comí ravioles con manteca ni crucé un charco de barro de un salto.

No jugué con un burbujero ni salté a la soga.

No conté las hojas de una parra, no vendí poesías en un subte.

No regalé ningún sueño, no dije hasta mañana con un beso, ni escribí en mi blog porque todavía no lo tenía, no señor, y podía vivir igual.

No pensé en la monografía de Teoría literaria que comenzaba a ser una realidad para la cual tenía que devorarme todavía los escritos de veinte mil señores muy respetables todos, que han decidido blablablear sobre el discurso y las diferentes maneras en las que ordenamos y ordeñamos las letras que a diario usamos.

No.

No había elegido “La fiesta del chivo” para mi trabajo, ni había conocido a Urania, ni me había medio acobardado al ver el volúmen bíblico del libro.

No había dado ninguna clase de castellano rioplatense en una escuela secundaria en Suecia como ahora si ya hice. No había llevado “El fantasma” de Arbol para analizar términos ni había escuchado éste tema con acento escandinavo adolescente.

No.

No había leído al genial Bayly, ni a su coterráneo super genial Vallejo, y tampóco me había dado cuenta de cuánto puedo llegar a aburrir a la gente en éste blog que apesta a libro.

El día en el que conocí a Mario Vargas Llosa le escudriñé los ojos, le sopesé el tono de voz, decidí que frente a frente no me parecía un mal tipo. Le conté que mi papá y él fueron a la misma escuela.

Un gran saludo de mi parte al leonciopradino, pues

-dijo-

Y nada más

pasó

el día en que lo conocí.

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The scarlet letter

Adquirir un libro caro y sentirse importante han sido y serán siempre un todo indisoluble para mucha gente.

No sin embargo, para mi, que en realidad quisiera volver a los tiempos en los que leía Le petit prince con la nariz adentro de la taza y bigotes de leche (y qué congo tiene que ver esto me dirás)

O por ahí también al tiempo en el que encontraba cuentos de Raymond Carver a 15 guitas y me parecía una ofensa al bolsillo. Básicamente porque también fueron los tiempos en los que conseguí ese de Paul Auster que los tránfugas de siempre me querían cobrar 60, a 10 en Parque Rivadavia y me escabullí dentro de la feria del libro para meterme en la fila llena de señores entalcados que pagaban 20 veces el precio así Auster se los firmaba en vivo y en directo, aún cuando era seriamente dudoso el hecho de que lo fueran a leer. Cuestión que Auster me firmó con su habitual cara de enema y hasta me contestó alguna que otra pregunta. Nada mal, el tipo es un amargo de la vida, y que ni se crea que escribe tan bien (blé). Después una rata miserable se quedó con mi ejemplar firmado, pero hacía ya un buen tiempo desde que me había dado cuenta de que no era nada importante. Y a las cosas intrascendentes, qué mejor que dejarlas decantar.

Yo creo ser más bien una chica “edición pocket”, entonces te bato algún nombre de esos chic y la gente llega a mi blog haciendo búsquedas que quedan super culturales, y es como decir “oh, llegaste acá buscando a Dostoievsky, nada mal, eh”. Pero todos sabemos que a la fecha, no hice ni un mísero resúmen acerca de uno de sus párrafos y que acá la caretéo y la guasonéo con cosas que a nadie le importan.

La feria del libro, supongo, va a ser en abril, y yo tan lejos de un lugar en el que tenía asistencia perfecta. Tan lejos del ahora voy, me meto ahí y compro libros para premiar mi inconstancia, para rellenar el vacío en el que vivimos, algunos usan chocolate o cigarrillos, u otras cosas, que querés. (Aunque en el fondo creo que de todas las opciones la mía era la menos sana y la que más a rabiar te quema el bocho, pero bueh.)

Y ahí va mucha gente por pasillos y stands, con las neuronas rebotando de alegría contra las paredes de sus cráneos tras pagar demasiado por “Sócrates en 20 minutos” o “No seré divorciada pero mi marido me deja tener perro”. Las letras importadas tambien eh, te coquetéan y te hacen sentir un poco importante, pero te exprimen como una naranjita y de lástima te dejan el hollejo. Obvio, todo depende de donde se busque cada cosa, pero hay algo seguro: las ediciones pocket nunca defraudan. Acordáte sinó de aquella de “Boquitas…”.

Porque si encima de pocket y bueno, es saldo, podés cantar bingo y full house todo junto.

Eso fue algo que supe desde que las tazas dejaron de marcarme, y en cambio yo empecé a dejarles marcas de rouge a las tazas

y desde que Mary, Peggy, Betty y Julie fueron las rubias de Niuyork que en vez de salir con un tango me guiñaron un ojo.

Ahora si.

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