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Archive for March, 2007

Miguita de pan

Hace dos semanas se juntaron en asamblea todos los fracasos del mundo. Luego de larga discusión, decidiéron venir a verme.

Primero vinieron los míos. Estaban los grandes, los chiquitos, los contrahechos, los inesperados, los sospechados, los planeados, los cariacontecidos, los birmanos, los lamentados, los primeros que recuerdo, desde los de mi época en el jardín de infantes hasta la época universitaria, todos los grupos a los que nunca pude pertenecer, amistades que se hundiéron, proyectos que se me derrumbaron, la gente que no me quiso querer, la gente a la que no logré caérle simpática por mucho que me hubiera gustado, las entrevistas de trabajo en las que consideraron que podían prescindir de mi aún antes de saber complétamente quién era yo, los muros que no pude escalar, las montañas que se derrumbaron, las personas que juzgué mal; pero también los muros que juzgué mal y las personas que no pude escalar.

Después estában los de mi familia, de conocidos, de amigos y de gente a la que vi pocas veces en mi vida, tal vez saliendo de una boca de subte o cruzando la calle siempre a la misma hora. A esos fracasos se los puede apreciar observando las diferentes retinas de las personas, hagan la prueba. Si no consiguen verlas es porque los fracasos pesan tanto que hacen llevar la cara paralela al suelo; no se gasten más.

Por último estában los del mundo entero, los de países contra países, gentes contra gentes. Y todavía hay gente que está orgullosa de estos (qué clase más rara de fracasos), gente que los recuerda con orgullo, gente que cree que hubo ganadores. Estos son fracasos rotundos, totales.

Sin embargo noté que a los míos me los reencontraba de vez en cuando en algunas miradas, en algunas esquinas. Me clavában su punta filosa (alimentada por el tiempo), me golpeában, intentában dejarme fuera de combate, dejarme rodando cuesta abajo como una miguita de pan separada de la baguette, el último bastión de una mesa puesta, temblando con la misma sensación que vos tuviste aquella vez que el helado se te cayó enterito recién servido, al suelo de la heladería causando un merengue de crema, colores, mugre y baldosas que veías a través de las lágrimas.

Entonces les propuse un negocio, les jugué una mano de póker, los acomodé en un bolsillo viejo para que no molestáran, les hice cosquillas, los incorporé al pasado más remoto, los molí e hice aceite combustible para usarlos en mi motor, para camuflarlos y dejar de reencontrarlos en otras caras del poliedro de la vida.

algo me dice que ésta fue la última vez que los vi de frente, o que los vi simplemente.

porque hay gente (por ejemplo yo) que opina que asi es como se debería tratar a los fracasos.

Pequeña orquesta reincidentes, Miguita de pan (vale la pena escuchar hasta el final)

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En fragmentos

Un sueño desde una ciudad con ombligo en punta, un libro de Gombrowicz, un Ferdydurke, una adaptación en cine de “Pornografía” de Witold también, una revista Juguetes rabiosos, un peso por una entrevista, una pensión, una cd con la polonesa, una ventana que se abre y deja retumbar la música en el mundo, un alguien que sube a mirar si estámos tocando el piano, una película de Polansky, una sala de cine vacía, una cantidad de lágrimas, Un tranvía llamado deseo, la varsoviana.

Un ferry, Cracovia, un juego de ajedréz, una botella de vodka, unos ojos celestes que hablában polaco, una partida de ajedréz contra los ojos celestes, más Polónia, muerte, campos de concentración, unas fotos, una ropa a rayas del siglo pasado, un museo del horror, una despedida que se negaba a ser, más vodka, un frío distinto, una chica como bola sin manija, un para qué venís acá, un para ser testigo, un vos venís y yo me voy, un beso, otro, unas calles desiguales, unos músicos asimétricos y callejeros, un restaurant judío, una realidad invertida, unos días imposibles de olvidar, un otro yo, una cornisa, un fin del mundo.

Una vida que se hizo para reinventarla en

Polonia,

una luna en fragmentos, una herida violenta y tierna.

Chopin, quién más

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En serio te digo, si hace diez años me decían que yo iba a ser ésta mina de 23 que un día tiene ganas de despertarse en Rusia y al siguiente en algún rincón del barrio de once, hubiera renunciado a la cordura un poco antes.

No, pará, mirá si me lo avisában antes: íban y me lo batían a eso de los 7. Tremendo flash.

En qué momento pasé de Elsa Bórnemann a Dostoievsky, en cuál del chicle rosa con mucho azúcar a los chiclets con edulcorante artificial aprobados por el ministerio de salud odontológica por favorrr; en cuál de los diarios con tapa de dibujitos y candado a los anotadores dementes.

Pero yo estoy muy bien, los únicos caraduras que suelen aceptar que estan locos son los sanos.

Es mentira eso de que la gente cambia según la posición geográfica de la que proviene, los seres humanos somos todos la misma mierda con diferentes nombres. Y no me bajo nada de ésta idea, porque además de ser cierto, es tan artesanal el imaginarse una multitud de soretes que tratan de ubicarse en el mapa por banderitas de colores, que hasta resulta tierno.

Bah, pensándolo bien, si la viera ahora a mi yo de los 7 la invitaría a tomar un helado, seguro que nos llevábamos bárbaro.

– Adónde vamos ahora, Ambi?

Mientras lo averiguo, seguramente siga juntando pedazos muertos de mundo, llevando un mate como armadura para que no me agarren desprevenida, leyendo una cantidad de autores que me demuestren que no necesariamente por el hecho de nacer con los ojos cerrados hay que mantenerlos así toda la vida, escuchando gente que prefirió mantener abiertos los oídos, quedándome atónita ante lo parecidos y distintos que somos en todos lados, y por sobre todas las cosas siendo yo, porque sí, porque hasta ahora ser yo es lo que mejor me sale.

Jamás aprendí bien a usar una brújula. Ante este hecho en la vida hay dos opciones: llegar muy lejos, o no.

Debe de ser por eso.

Sur o no sur, that is the question

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