Sólo dos cosas malas hubo en mi vida: la primera, ser huérfana y la segunda, tener mala memoria.
Fui depositada en la casa de un abuelo, único pariente que tenía. El, o alguien más, no me acuerdo, me explicó que ellos habían encontrado el trabajo afuera del que tanto hablaban en aquellos tiempos en los que hacíamos picnics divertidos en el suelo de casa por falta de mesa. Me gustaba pensar que se habían ido sin saludarme porque yo estaba durmiendo y no querían molestarme.
Desde ese día viví en esa casa enorme que era fría en invierno y tenía un patio con una planta de mandarinas. En el patio mi abuelo tomaba mate y decía incongruencias. Había también un loro que cantaba todo el día la marcha peronista y se iba a volar por el barrio de vez en cuando. Los vecinos ya lo conocían y lo traían de vuelta enseguida, porque, si no lo hacían, él les repetía la dirección de la casa de mi abuelo hasta cansarlos.
El loro se había aprendido mi nombre también, me molestaba un poco que me siguiera a todos lados y me asustara gritándomelo. Desde que mis padres se habían ido, nadie más me decía por mi nombre. El abuelo me decía “nena”. Pelábamos mandarinas, el loro lo hacía mejor que yo.
No recuerdo, en realidad, haber tenido ninguna conversación seria con mi abuelo. Sólo se que estaba bastante ido y que fumaba cigarros gordos. Se la pasaba llamando a su loro todo el día. “Juando” decía una y otra vez. Siempre le tuve celos, a mi no me prestaba tanta atención. Debía de ser por eso que para mí siempre fue simplemente “el loro”.
Había una vecina que nos visitaba siempre y nos ayudaba con algunas cosas, me preparaba leche sin grumos de chocolate en polvo y miraba con pena al loro cuando cantaba la consabida marcha. “Pobre Rubencito, tan joven que era” decía. Por alguna razón empezó a ponerme cada vez más nerviosa que el loro cantara. Calláte, carajo le grité un día con malos modos al tiempo que le daba un manotazo. El loro se asustó y se escondió el resto del día debajo de un mueble. Me sentí muy culpable por mi actitud inesperadamente injusta, y me agaché para ofrecerle un choclo, a lo cual respondió con un picotazo que casi me saca el ojo de haber acertado. Ma si, moríte, loro inmundo.
Vivimos años ahí. Un poco después de cumplir yo los veinte, mi abuelo murió y me dejó su casa. No quise, sin embargo, quedarme, y la vendí, pensé en mudarme a lo de una amiga por un tiempo hasta que decidiera qué comprar.
Armé unas valijas y me llevé al único ocupante de la casa además de mí, el loro. Lo llevaba en el fitito junto con mis cosas, suelto nomás. No se qué me pasó en un momento, pero presa de un inexplicable impulso, clavé los frenos en una esquina ni se dónde, bajé el loro y lo apoyé en una medianera. Me pareció que entendía y tenía los ojos nublados, nunca voy a olvidar esa imagen. Cuando habría hecho media cuadra me pareció escuchar su voz ronca gritando mi nombre. Llegué a lo de mi amiga y me preguntó el porqué de mis mejillas manchadas de negro, me miré en el espejo del pasillo, no me había dado cuenta de que estaba llorando.
Intenté volver a buscarlo un par de veces pero fue imposible, nadie sabía nada de él, de hecho no pude ni recordar el lugar exacto en el que lo había dejado. En mi memoria se habían ahogado la esquina y el loro, entre tantas otras cosas más que se ahogan en la memoria de uno cuando uno tiene mala memoria.
“Se escapó por la ventanilla del auto y no pude encontrarlo por más que lo busqué”. Es la excusa que pongo a todo el mundo cada vez que alguna pregunta me asalta y trae remordimientos por un recuerdo nacido de mi imaginación, en el que un loro viejo vuela por un barrio totalmente desconocido, con ojos de asustado, repitiendo una y otra vez su dirección a un montón de transeúntes que lo observan entre divertidos e indiferentes.
Guau, que intenso. Me ha quedado un nudo en mi estómago.
Es hermoso, sin embargo. Gracias! Gracias porque me encata leer algo que me emocione, gracias porque a veces uno olvida ciertas cosas y eso vuelve, siempre vuelve.
Si no te molesta. Puedo agregarte a mi psico biblo?
Gracias por dejar tu comment por cierto.
Te seguiré leyendo.
y te pondre en mi psicobliblo jeje.
Saludos y que andes bien.
Clap, clap, clap!!!!! Me gustó mucho! Pero como sabés, soy analítico, es mi lado Dr. Jeckyll incontrolable. Sólo “arreglaría esta parte:
“Llegué a lo de mi amiga y me preguntó el porqué de mis mejillas manchadas de negro, me miré en el espejo del pasillo, no me había dado cuenta de que estaba llorando.”
Está bueno que lo de “llorando” quede implícito. Algo así como que tenés corrido el rimel, y uno lo sobreentiende. Es que Cortázar y su lección de no dar pan comido, me comió la cabeza.
Lo de la leche sin grumos, me recordó al Toddy. Buenisimo y tierno!
Los ojos nublados de loro, precioso.
El comienzo del cuento, otra vez acertadísimo.
Saludos!!!!