Milan Kundera, el autor de La insoportable levedad del ser, dijo una vez que la vida, nuestra verdadera vida, está en otra parte.
De ser esto verdad, me pregunto cuántas de las que yo misma he sido en momentos del pasado, le habrán tal vez dificultado la vida a otras personas por el simple e insignificante hecho de no haber aparecido nunca. Diez, quince, veinte vidas, todas nuevitas, pendientes en un punto en el que debería haber aparecido en escena, y a las que falté cual actriz despistada. Siempre desde la arista de posibilidad en la que estaba en ese momento sin espiar siquiera las demás.
Quizá deberíamos diculparnos con las miradas que nunca nos vieron aparecer, las charlas en las que no fuimos interlocutores, y los sitios vacíos que nos esperaban en algunas mesas. Todo parte del pasado, de todos modos.
Si uno aspira a ser feliz, conviene que se pase buen tiempo buscando a esta verdadera vida, que está casi siempre, como estaba la mia por ejemplo, en otra parte. Pero cuidado. Cuando nuestra vida nos encuentra, y lo sabemos, la genial frase de Kundera puede llegar a convertirse en la más estúpida de las excusas.