El señor Rigobersi se sentía tan pero tan solo que un día se compró un enano de jardín.
Le puso un bonito nombre, uno que no fuera ni Juan ni algo asi tan repetido… Aléxis ponéle.
Lo ubicó en el mejor lugar del jardin y se aplicó totalmente a su cuidado, le sacaba la mierda de pájaro tenés que ver con qué prolijidad.
Cuando almorzaba (el señor Rigobersi, el enano no) lo miraba desde la ventana satisfecho de su existencia, hasta parecía que el enano le sonreía.
Pero la cosa es que el enano llamado Alexis no era feliz.
Por supuesto alguien podría acotar aqui que eso es imposible de saberse, y yo a ese alguien le diría que eso es porque nunca jamás han visto la mirada de un enano de jardín desdichado.
El material del que estaba hecho empalidecía cada vez que el señor Rigobersi hacía sonar la reja de la entrada con su llegada, sus ojos pintados de azul profundo eran la viva imágen de la profundidad de los túneles sombríos y oscuros de la angustia.
Y es que el señor Rigobersi, mal que le pesara, era fráncamente insoportable.
Hasta los vecinos se compadecían del enano llamado Alexis.
La cosa es que un buen día el enano llamado Alexis desapareció.
No se sabe si alguien se compadeció del todo de él o si simplemente aprendió a caminar y se fugó, lo cierto es que esa tarde cuando llegó a su casa después del trabajo, el insoportable señor Rigobersi vió el espacio vacío de su querido enano y tres gruesos lagrimones rodaron por sus mejillas.
En su lugar en el jardin existe ahora un pequeño círculo de pasto quemado y amarillo que el señor Rigobersi mira cada día por la ventana mientras almuerza.
Moraleja: tratemos de no llegar nunca al punto de ser tan insoportables que no nos aguanten ni siquiera los enanos de jardin.
Pequeño test de pateticidad: si ud. querido lector, sintió pena por el señor Rigobersi (aunque más no sea un poco), es ud. patético. Su grado de pateticidad es directamente proporcional al sentimiento de pena que haya ud. sentido por el sr. Rigobersi.